viernes, 25 de agosto de 2017

25/8/2017

A veces está bien tener por seguro que estás en un refugio en el que nadie va a poder entrar, en el que no van a leer tus pensamientos, y que no van a pararte, intentes lo que intentes. Porque realmente no te ven, no quieren verte y creen que todo está bien. 
El refugio está a vista de todos, y a la vez es invisible. Tiene barreras por todos lados, pero no de esas que producen pesadillas con pinchos y clavos rotos, si no barreras que pueden abrirse al antojo, con la puerta sin cerradura. Pero quien esta ciego, solo tendrá ante sus ojos un muro de hormigón.
También tiene ventanas, ventanales enormes, donde se puede ver el exterior y viceversa. Pero también tiene rincones, puntos ciegos donde puedes guardar cosas, ya sean mas grandes, más pequeñas, lo que quieras. 
Es perfecto, no tienes por qué quedarte mirando, entra. Es acogedor, tiene una cama, un sofá, una pequeña cocina, y sobre todo tiene luz. Ayuda a despertarte por las mañanas, a terminar ese sueño en el que te hayas inmerso por la noche. 

A veces los sueños son traicioneros, unas veces puedes tocar, puedes sentir, incluso traerte recuerdos a la realidad. Pero otros, solo son etéreos, y te paras a observar detenidamente, dándote cuenta de que es todo mentira, que estás dormido, que todo eso que ves tan solo lo has creado en tu cabeza para sentirte bien, para sentirte seguro. Y despiertas, a veces más aliviado, a veces más aturdido, a veces roto.
Ahora, ¿qué hacer con los pedazos?, antes hablamos de rincones que desde fuera nadie puede ver, dentro de un refugio invisible, tras barreras de mentira, ante los ojos de personas poco observadoras que no hacen más que deambular alrededor, arruinándolo todo. 

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