No quiero rebuscar entre los cajones donde guardo mis cosas favoritas con el mayor cariño del mundo, para darme cuenta de que en realidad ya no siguen allí, que las tiré hace tiempo. Que en un momento dejaron de hacerme feliz, para comenzar a cortarme las manos y hacerme sangrar cada vez que intentaba sacarlas y jugar con ellas.
Por eso, quiero seguir pensando que siguen ahí, amontonadas entre miles de pequeños recuerdos, lo que se supone que son detalles que guardarás para siempre porque son especiales. Una entrada de un concierto, un ticket de un regalo que hiciste, una servilleta del primer lugar que visitaste en aquella ciudad... Todo cosas que al final, de una manera u otra van a desaparecer, a deshacerse. Pero te gusta ver como envejecen, y duele sentir como antes te hicieron sentir tú, pero ya no te identificas con ello.
Y mientras miras hacia esa vela, justo encima del cajón que abres y ahora está vacío. La llama perdura, se mantiene en pie, quema, incluso si te quedas mucho tiempo mirándola, acaba molestando a la vista. Y sabes que no desprenderá su aroma más delicado hasta que no la apagues, pero ahí sigue.
Que al final acabarás por almacenar detalles, recuerdos pasados y promesas en un cajón sin fondo, donde nadie sabrá que están, y que nadie más que tu abrirá para recordarte que estás mejor por tu cuenta, pero que no sabes estar solo.