No voy a hablar de cosas que no
comprendo aún, y tampoco voy a gastar estúpidos latidos por
efímeros contactos que se a ciencia cierta que, ni son verdaderos ni
son racionales.
Y ese fue el error, darle un sentido
racional al mundo, dejarse llevar solo por horarios inconclusos, por
estelas de un rancio olor a rutina, impuesta por los altos mandos del
mismísimo Ministerio del Amor. Oh amigo, sufrí mucho en aquella
ciudad, los ojos no paraban de mirarme, de observarme atentamente y
esperar que hiciera lo que ellos querían.
Me sentí parte de un todo, de una
comunidad, me sentí acogida, y por fin era igual a alguien. Pero caí
en la cuenta de que eso no es lo que buscaba. Perdí la cuenta de las
veces que dejé de vestirme con colores para ponerme el mono azul
añil, solo por no desentonar. Solo para ser aceptada, en una
ridícula esperanza de ser querida.
Pero no, el corazón no mira más allá
de los ojos, y todos en este mundo están ciegos, o llevan gafas,
cuyas lentes simplemente reflejan lo que los grandes magnates
pretenden que veas. Y por mucho que me esforzase por tener algo
especial, era renegada una y otra vez, si intentaba mostrar la luz
que emanaba de mi, la felicidad que podía otorgar. Así que decidí
subir la cremallera, asentir, y abrazar al enemigo.
Pasaron años, siglos, milenios, y yo
seguía llorando cada vez que volvía al módulo de vivienda, donde
aún esos ojos acusadores seguían vigilando. Ya no podía sentir mi
propio ser ni si quiera en la más intima de mis ensoñaciones. Todo
era por agradar al Gran Hermano. Todo era por él.
Como cada gobierno que se corrompe, las
cosas empeoraron. Cada vez se me hacía más dificil sacrificar todo
lo que amaba en un pasado lejano, mis fuerzas se iban debilitando, y
de vez en cuando, un rayo de luz escapaba entre mis costillas. Error,
fulminante error. Si él veía esa luz, acudía presto a clavarme,
como si de palabras de desprecio se tratase, cada uno de los dardos
cargados de aquel calmante, que otras muchas veces había servido de
sedante. Pero que ya no funcionaba.
Decidí entonces que merecía un
sacrificio. Que no quería seguir viviendo en un cuerpo que no era el
mío, que iba a mandar al carajo a los ministerios y sus estúpidas
normas, que quería ser yo.
Salí de mi edificio y me planté
frente a las más grandes de las pantallas. Comencé a bajarme la
cremallera de aquel inútil uniforme, saqué los brazos y las
piernas, y permanecí, con una sonrisa plena, mientras notaba como
las miradas se clavaban en cada parte de mi cuerpo, ahora desnudo,
pero íntegramente mio.
Él me miró. No me reconocía, o mejor
dicho, reconoció en mí aquella persona que consiguió cazar, y que
intentó moldear a su gusto, hasta que quedé subyugada. Y no le
gustó, rabió y mandó a toda la seguridad pertinente a por mi.
No dudaron ni un segundo en lo que
tenían que hacer, la pistola eléctrica anuló mis sentidos. Notaba
como me balanceaba entre los brazos de algún policía del
pensamiento, o quizás eran los brazos de algún ángel que me
rescataba de este infierno.
Sea como fuere, solo recuerdo unas
horas de dolor, parecieron semanas, y poco a poco me fui haciendo
inmune a ello.
Desperté en un lugar vacío, un lugar
sereno y tranquilo, completamente sola. Un lugar perfecto para
empezar de cero, un lugar perfecto para ser simplemente yo.
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