viernes, 20 de junio de 2014

Limbhad.

Confiemos en que los sueños no nos traicionen una noche más, y que podamos descansar tranquilos al abrigo de las sábanas y del roce de los pies que juegan a hacerse un hueco entre el vacío que los tuyos dejaron en su lugar.
El calor inunda este lecho, que no necesita más cuerpos que reposen sobre él, son demasiadas todas las historias que ha cargado sobre su frágil esqueleto y ahora tiende a quebrarse si descubren una más. La puerta está cerrada, y prefiere hablar tras ella, por la mirilla, en constante alerta sin abrirla, por si de alguna manera, si dejase entrar a alguien volvería a perder la calma y el control sobre la llave que bloquea la cerradura.
Y siguen pasando de largo, una conversación tras otra, un compañero de juegos, durante 5 minutos, que se cansa de esperar y llamar y no obtener respuesta. Pero tiene miedo. Miedo de que se marchen sin avisar, sin siquiera cerrar, sin dar el beso de buenas noches. 

Y se quedó ahí, en medio de la soledad de su alfombra, imaginando todas las historias que allí fuera están ocurriendo, porque dentro todo es más seguro, y nada ya puede salir mal.

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