El calor inunda este lecho, que no necesita más cuerpos que reposen sobre él, son demasiadas todas las historias que ha cargado sobre su frágil esqueleto y ahora tiende a quebrarse si descubren una más. La puerta está cerrada, y prefiere hablar tras ella, por la mirilla, en constante alerta sin abrirla, por si de alguna manera, si dejase entrar a alguien volvería a perder la calma y el control sobre la llave que bloquea la cerradura.
Y siguen pasando de largo, una conversación tras otra, un compañero de juegos, durante 5 minutos, que se cansa de esperar y llamar y no obtener respuesta. Pero tiene miedo. Miedo de que se marchen sin avisar, sin siquiera cerrar, sin dar el beso de buenas noches.
Y se quedó ahí, en medio de la soledad de su alfombra, imaginando todas las historias que allí fuera están ocurriendo, porque dentro todo es más seguro, y nada ya puede salir mal.
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