Odio cuando me doy cuenta de que tienes el poder de hacerme
sentir pequeña, insegura como nunca, invisible y despreciable. Todo al mismo
tiempo, a toda velocidad y viajando por mi cabeza, mientras mi cuerpo pide que
me acerque más y más buscando ese calor que tanto anhela.
Caricias despistadas, escondidas, anónimas. En un momento, nuestras manos ya no nos
pertenecen, y se posan en el otro con
fin de fundirse con su piel y no separarse ya jamás. Quiero mantener la
calma, pero puede que mi pulso comience a delatarme en cualquier momento.
No existen ya centímetros ni barreras que me impidan sacar
al campo y encajar el punto decisivo de este partido, que terminará en
celebración, seguro. Pero el último movimiento, es el primero de todos.
Cállame, déjame que me quede con el resto de palabras sin
sentido en la punta de la lengua, y arráncamelas con la tuya cuando empiece a
perder el aliento. Y posas tu mano en mi
nuca, para que no me escape, tienes miedo de que todo esto no sea del todo
real, y que en décimas de segundo, desaparezca.
Me retuerzo entonces, para encontrar un ángulo perfecto en
el que poder jugar con tu cuello, tu clavícula, tu barbilla, tus labios, y
muerdo.
Ya está, suspiras,
eres mío.
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