Hay demasiadas cosas en las que pensar como para pararse a mirar alrededor. Siempre estará allí, tu no.
Te encuentras ligado a un escenario en concreto, seas o no consciente de ello, un lugar que se construye en tu subconsciente y que te encierra. Pero a veces olvidas que estás allí, y despiertas.
Miras a tu alrededor y no encuentras nada familiar, no estás en tu cama, te sientes vacío por un momento. Justo a tu lado hay una pequeña mesilla con unos cuantos enseres personales que ni siquiera eres capaz de reconocer, una pulsera, un colgante quizá, demasiado elegante para ti, pero igualmente te lo pones. Sigues aturdido, pero tienes la sensación de tener que explorar esa curiosa estancia que desconoces, pero que a la vez, sientes parte de ti. De algún modo encuentras entre la ropa acumulada en el sofá del lado opuesto la adecuada, pero no sabes tampoco para qué sirve ni de qué talla es.
Sigue deambulando, es lo único que te queda, déjate llevar por el pasillo de esa casa imaginaria. Comienzas a sentirte atrapado, comienzas a sentir como todo eso que te has puesto te quema, te abrasa tanto la muñeca como el cuello. Es un ardor agudo, no puedes evitar gritar. Solo te queda eso, gritar.
De repente de dia, de repente de noche. Un dia azul, gris, morado, naranja. Da igual nada es tuyo, y tu no te perteneces. La sangre que corre por tus venas te domina, te hace sentir todo, te empuja a cometer las más estremecedoras locuras. Corres, sigues gritando, sigue quemando. Deshazte de todo, insensato, acaba ya con toda esa basura, no te hace más que daño. No, te pertenece, el dolor es tuyo, no puedes. Ese desconocido colgante, esa inusual ropa, es diferente, no eres tu, pero es lo que más seguro te hace sentir. Huyes de todo eso, lo quieres.
No sabes a donde ir, ni siquiera sabes que hacer. Si, lo sabes. La única manera es dejarlo todo atrás, desnudarte por completo, buscar otra seña de seguridad. No quieres. Prefieres el dolor, que te hace sentir vivo, que hace que toda esa sangre llena de veneno corra por tus venas.
Respiras cada vez más fuerte, no soy yo. No, no lo eres. Si, mírate, mírame, lo somos. No quiero ser algo sin lo que soy yo. La sangre. Quizá el problema sea ese, la sangre corre y arde, se adentra en cada uno de mis órganos y me hace sentir el dolor. ¿Qué más da de donde venga el dolor? Si no hay sangre, no hay dolor.
Entonces lo entiendes. De lo único que tienes que deshacerte es de la sangre, y sabes también, como yo la manera.
Sigues ardiendo, aún respiras acelerado pero te sientes más tranquilo. Primero frío, luego dolor. Esta sensación no es tan horrible como el fuego de mis entrañas, que ahora brota lentamente, cubre el blanco y marmóreo cuerpo. Ahora todo es cálido, te relajas. Respira hondo, despacio por favor. Mira por la ventana y mírate en el reflejo, por fin eres tu, con todo aquello que se supone que te hacía sufrir. Ya no duele. Descansa, cierra los ojos, duerme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario