Que comience suave, o mejor de golpe, rompiendo la tensión y
el silencio de instantes anteriores. Cuando las pupilas se centran en un punto
fijo y ya no se pueden desviar. Y todo va fluyendo. Hay veces que eres
consciente de cada centímetro de tu cuerpo, de tus movimientos, pero otras te
pierdes en el ritmo, empiezas a flotar, cierras los ojos y todo da vueltas. Y
los abres, te encuentras en la escena otra vez, con los pies en suelo firme y
las manos vuelven a ser tuyas. Piensas, ¿cuánto tiempo he estado fuera de
lugar? Las melodías vuelven a ser dulces, a ser ligeras casi como caricias.
Observas cada detalle con suma delicadeza, recorres cada rincón con curiosidad,
con ganas de absorberlo todo, de no perderte nada.
Poco a poco el pulso va siendo más fuerte, el ritmo más
rápido y vuelves a despegarte del suelo. Y ya no estás, ya no piensas, solo
sientes. Todas esas vibraciones son tuyas, está tu cuerpo y el todo a la vez.
Cada vez más arriba, cada vez más alto, cada vez más incontrolable.
Y respiras, respiras hondo recuperando ese aliento, y tu
ente vuelve a tu cuerpo. Lo sientes todo, cada cosquilleo de la yema de los
dedos. Las caras vuelven a encontrarse, sonrisas de satisfacción y de volver a
repetir.
3, 2, 1...
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