lunes, 8 de octubre de 2012

11:59

Dándole ritmo.

Entras en tu cuarto, ves una cama, es casi lo primero que ves al entrar, majestuosa y presidente de la nación de esas cuatro paredes. Se impone frente a todo lo demás.
Es como una pequeña balsa dentro de tu mundo, en la que te subes cuando quieres escapar del mar de pensamientos, que en ocasiones amenaza con ahogarte. 
Es como un fuerte, que te protege de los disparos mas certeros, que llegan del pasado para atormentarte en el presente, para hundirte en un futuro. Quieren atravesar esa muralla que poco a poco construiste con paciencia y con esfuerzo. Sobre todo con esfuerzo. Pero en el momento que te subes a tu cama, te tumbas y te haces un ovillo, ya nada mas importa. Solo estáis tu, tu almohada favorita y tus fantasmas. 
Es un lugar de ocio, donde compartes risas, emociones, sentimientos que surgen de cada poro de la piel. En ella se sincronizan los latidos, se funden los alientos, se confunden las caricias de unos y de otros. Se vuelve todo caótico, un dulce caos. Nada tiene sentido. Todo lo dice, sin mediar palabra. 
Esta balsa, este fuerte o patio de recreo, es tuyo. Es tu propia creación. Donde acoges la noche, donde realmente eres inconscientemente consciente de lo que pasa en tu interior. 
Cuando cae la oscuridad, eres presa de ti mismo. Esos fantasmas del pasado, esos disparos, se convierten en puñales, se clavan sin escudo alguno. La mente divaga, viajas por lugares maravillosos, o por otros en los que no deberías estar. Sufres. Vives. Lloras. Ríes. Todo es irreal. Las sombras se funden en la luz. Los colores se mueven en danzas casi incomprensibles. Forman parte de un mensaje, lo mas aleatorio es lo mas concreto y verdadero que te llega del corazón.
Despiertas entonces aun ensoñado. Aturdido, atacado. Te desvelas y recuerdas que estás otra vez en el mundo, pero estas a salvo, porque te encuentras en tu balsa, en tu fuerte, en tu reino. Todo es tuyo.

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